Durante años, los ejecutivos de American se pavonearon de haber sido la única aerolínea estadounidense (única al menos entre las grandes e históricas), que no había caído en Chapter 11 tras la crisis que desató el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, en septiembre de 2001. En realidad, Southwest tampoco debió pedir la protección judicial ni achicarse, pero en términos de linaje, se trata de una “jovenzuela” con pedigrí como para compararse con American, United, Delta o Continental. Lo cierto es que finalmente, a las pocas horas de que las negociaciones entre American y sus pilotos fracasaran estrepitosamente, AA se presentó formalmente a convocatoria de acreedores.
Es cierto que los números muestran un desajuste absolutamente negativo: los activos de AA están valorados en US$ 24.720 millones, pero sus deudas alcanzan los US$ 29.550 millones. Y su cash-flow se sitúa en US$ 4.100 millones. Y por si fuera poco, las negociaciones con los sindicatos respecto del programa de pensiones, en especial con los pilotos, fracasaron.
En este contexto, el Capítulo 11 parece una salida racional que innecesaria e inevitablemente, suena más aparatosa de lo que es realmente. La convocatoria, aunque suma cierta dosis de desprestigio, también tiene virtudes. Por ejemplo obliga a renegociar los pasivos y, en general, esas conversaciones terminan incluyendo una quita. Pero además, se suspenden las condiciones acordadas en los convenios colectivos de trabajo y se obliga a renegociarlos. Dicho de otro modo, algo así como un piadoso borrón y cuenta nueva.
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